El Clan de las Tormentas

martes, 19 de julio de 2011

500 minutos de olvido

A veces el pasado es de verdad, y otras de mentiras

se lanza hacia los escudos fraguados en el cementerio

de las palabras decisivas]

(exquisitamente desvariadas, magníficamente escondidas

horror, deseo, traición]

Maquiavelo en el efecto de rogar el misterio)

de estar desbrozando dedos. No, es todo más sencillo que eso,

es sólo el suelo que pisas barnizado en whisky, es quinientos minutos

con las entrañas en el subsuelo de los recuerdos

los caminos perdidos entre tus uñas y mis dedos, el clavo sobrante

el esperma dominante, el sueño herido y la lágrima exiliada

en el lavabo donde mueren los días que habíamos de entregar

en sacrificio. No hay descanso, ni treguas ni consuelo

porque la vida es guerra y es ser matado

en un lugar donde los adioses sean las pistolas del duelo

mientras no dejamos de hablarnos para no tener que oírnos

(aquellos campos de paz en el pasado, dorados, llenos

de espigas]

en los que íbamos a hacer lo que hacen las horas con el tiempo)

el mundo no es así, me oí decir; quise ignorarme. Pero la verdad ya empuja

como un aullido interminable,

la soledad es la respuesta a las apuestas de riesgo. Túneles de espinas

dorsales entre nosotros que recorren la vaga desidia

de los encuentros; mirando el rencor de fugarnos de nuestras manos

porque hubiera querido que en tu vientre mi alma se solidificara

y permanecer así preso como el hijo que vuelve a la madre

o como todos los qué más da que pronunciaron

los suspiros sacrificados, también, en el viento. De lo que pudo ser

y se quedó en la confirmación cíclica de que todo es hueso

y carne y se pasa la vida hacia lo lejos

para partir en los inmensos navíos que nos separan en las orillas del tiempo

creyendo que el pensamiento lo es todo y nos mata que no sea nada;

para descubrir que no habrá derrota en la que no piense

que cualquier victoria, ya estaba envenenada.

jueves, 21 de abril de 2011

La semilla aleatoria

Lo más cerca de mi alma es a tu lado

donde la gente dice que el sol se tumba para verte

y yo voy buscando entre tantas libertades quedarme

                                                                             preso de tus labios]

para dejar de rodear tu sombra con mis brazos

ahogar mis dedos que se expanden en el delirio de tenerte

porque de ti parten todas las primaveras que hacen desaparecer

mis inviernos]

y aunque hay quien piensa que vivir es morir lentamente

a mí me gusta morir por ti. Sabiendo que existen

mil caminos para encontrarte y tan sólo uno para perderte

en el filo de la espada que corta el hilo de los pasados

desangrando las soledades en las que se quedaron

los hijos huérfanos de nuestro adiós; queda espantado el olvido

a pesar de todo]

y, sin embargo, muerto el claro lunar, la batalla contra el futuro

no es menos dura. No quiso,

nunca, que te dieran de comer los cielos que nos miraron

lo que hizo que, al final, fuera la tierra la que nos detuviera.

Arrojado desde las profundidades en las que mueren tus naufragios

me encuentro ahora, en el momento de mirar a otro lado

con la consecuencia maldita de beberte a plazos

(sangrienta mi alma te paladea, se enroca

en la entrega somnolienta de esta noche perpetua)

para quien espera ser espasmo de todos los recuerdos

y, sin embargo, no queda ya más que máscaras de huesos

en cuerpos sin carne. No, me digo, no más entregado,

arrojado sin poder evitarlo contra los proyectiles de tus manos

queriendo desgarrarme el sueño que forjé entre tus brazos

viéndome desde dentro en el sacrificio

               que hizo de nosotros una ausencia

permanente]

porque no, no queda más que un mar atemperado,

en la calma que obliga al capitán a ser quien hunda el barco

y echando de menos las palabras sin sentido

los tiempos vacíos, la soledad de siempre

la misma y neutra emoción de la nada más absoluta

la tranquilidad de estar no vivo, el resumen de lo que se es

cuando está finalizado. O comenzado.

En la pasión desanudada de las cinturas desgarradas,

en las cuchillas de tus abrazos que me dejan listo

para que me lleven los suspiros de los días pasados;

(inundado de vacío)

vamos dejando atrás la decadencia de los átomos

de todos los que nos han formado

  y de toda la gravedad que en un punto concentró

todas las fuerzas de la naturaleza para que la misma Tierra

girase y nos dejase]

en el lugar en el que nuestras almas se han encontrado.

martes, 4 de enero de 2011

La pistola del hombre muerto

Tal vez hemos encontrado el corazón agujereado, como un eclipse

en mitad de un estanque,

como el dolor de los huesos encontrados tras la puerta

y llenos de balas disparamos al cielo con nuestros ojos

persiguiendo todas las tormentas a las que quisimos abrazar

con nuestros dedos siendo cuchillas de cristal

desde el sonido que describe la amarga curva de tu elipse

hasta todo aquello que de este tiempo se espante

como la pistola del hombre muerto que nos espera

con su mano reposada sobre la cabeza del que vuela

por nosotros, persiguiendo todas las luces que apagamos

con nuestras cabezas hablando a nuestros cuerpos sordos. Quisimos

que no existiera un tiempo en el que no nos quisiéramos,

(entonces, no hubo pasado, ni lo necesitamos)

y en aquellos desiertos polvorientos del desconocimiento

recordamos las batallas a las que no nos presentamos

(y en las que, a pesar de ello, ya estábamos)

cuando te vayas, ¿qué?, posiblemente sólo la tormenta]

arrinconando en los espacios que quedan entre los espejos

el miedo y el vacío, las piernas enredadas como las ramas

de esos árboles brillantes como el fondo de los mares;

no le queda ya tiempo a nadie, se fue desintegrado en el espejismo

de ser humo de tránsito entre disparos silenciosos

de la pistola herrumbrosa del hombre que ha caído,

porque vivimos en todas las revoluciones

                                              yo sólo quiero morir en la tuya]

aunque tenga que pasar días viendo el sol encarcelado

entre mi sangre. Hacia la última frontera de nuestras vidas

encuentro los abismos iluminados, los vastos ríos

                                                                 de soliloquios orillados]

las inmensas praderas de hastío donde germinan los cuervos

 a los que tu piel transforma en mis hijos descarnados;

todo aquello que fuimos no forma ya parte, ni siquiera

de la ciudad a la que llamamos Pasado

y en la que ahora se crían sombras para poder ocultarnos

de este lago ahogado en tus ojos, de esta alma

encarcelada, limitada por mi piel. Con el cielo entre tus dedos,

y la luz entre tus manos.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El tiempo expulsado

Cuando no  estás la ausencia se llena de vacío, como una noche a la que le han golpeado

hasta hacerle saltar estrellas como lágrimas furtivas

que se deslizan por la piel de tus adioses diciendo que te vas

y apenas queda ya ni silencio ni ruptura con los momentos de lo deseado]

tan sólo el aire que es pesado cuando no lo ocupan ni tu cuerpo ni la lejanía que esquivas

 del mío propio; porque para amarte tan sólo me hacen falta eternidades]

y para esperarte toda la vida. Es ya tu retrato una marca de mi sangre

es ya tu voz un tatuaje hecho a fuego en cada uno de los sonidos

que habitan en tu recuerdo efímero, tan corto porque es tan continua tu presencia

la que aleja lo caótico del espejo, y lo atraviesa dejando atrás el humo y el metacrilato de las noches de hastío sin tu esencia

y todo aquello de antes, de los días pasados, del otro yo

que mataba la caída al abismo por el vértigo de ascender;

tus ojos oceánicos, tu piel como besos de cristal. Tan sólo aspiro ya,

a desesperar al tiempo y al espacio para desarmar todo recuerdo

encaramado al fondo del abismo como un hombre entregado a los campos

en los cuales se ha visto nacer

en los cuales se ha visto morir

en todos aquellos siniestros olvidos a los que le teme hasta la muerte

porque no quiero yacer

(no, nunca más de nuevo)

con el erial prendido en los ojos, por no verte

ni tampoco tenerte; en tu ausencia, no tengo nombre

tan sólo partes inconexas de letras, alguna palabra suelta

porque para amarte

no necesito más que serte, ni mi voz, ni mi rostro que nadie ve

ni mi alma, si quiera quien la posea en letargo del penúltimo adiós reconstruida de parte a parte con tus manos,

desde el barro miserable del que partía. Frágil toda ala que nos lleva, en este deseo de llegar hasta el final contigo,

                  más allá, en los bordes mismos de la infinitud

hasta que no quede nada, amarte hasta que no exista el mundo

(puede que ni nosotros mismos)

cabalgando sobre los demonios expulsados del infierno creado por mí mismo

para todos los ángeles a los que he desangelado. Ya no queda nada,

porque contigo queda todo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Once. Late Goodbye

Posiblemente siempre se me olvide que hay días como estos
y como casi todos, en los que las hojas muertas
sustituyen a los secuestros, de palabras, de voces, del humo
en escala de grises que hacía fundir el sonido
de tu voz con el de todos mis recuerdos
días para enfrentarse a lo mismo, a lo efímero y lo eterno
para encerrarse en el fondo de uno mismo, allí, al final del tiempo
en cada esquina perdida, en cada tumba pintada de azul
brillante, dice el sol que queme entre mis brazos
el anhelo por las cuchillas afiladas y desconocidas de tus besos
alejándome de cada exterior humano, penetrando en el silencio
de los rostros, los gestos, repetidos, siempre bajo las mismas excusas
porque sólo puedo repetir este cansancio perpetuo
la adicción imperfecta a seguir buscando en cada forma
el mismo espíritu descompuesto, deshecho, deshilvanado
en el sacrificio autodestructivo de desear el deseo. No hay mares
desecados por los que caminar, me temo;
menos cuando pienso mirar hacia aquellos ojos alejados por décadas
porque solitaria es la prisión de tiempo y espacio
imposible devolver al sucio corredor de la vida todo lo vivido
para no ser ancestral sin apenas haberte quitado la boca
(nada hay, sólo esta necesidad de soledad)
para no habitar en la lejana disyuntiva de la perpetuidad
tan sólo ser rumor entre los abrazos partidos del océano generacional
que nos separa]
simplemente esconderme de mí mismo para no buscar mis cenizas
en el final del desierto; únicamente esperar que se repitan los días
con los que se marchan los años. Porque siento el horror dentro
de mí, como una azada que cavando va la tierra
en la que se quiere habitar cuando por encima de ella nada nos queda ya, cuando es tan fácil ser convertido en ausencia de lo que antes se era delirio
(el bucle melancólico infinito, yo mismo a mí mismo, y todo lo demás)
desde el fondo alveolado de este deshilachamiento. Grito, estoy gritando
lo hago, con voz sorda, callada, sólo los músculos del cuello tensos,
en el adiós de cada día,
en el tormento de cada noche que voy pensando
y se van cayendo las copas envenenadas de los árboles, copas vacías
de sangre; adiós, carne de mi alma, adiós. Porque el alma
la tengo cosida al cuerpo, reclamando lo que efímeramente me haría
sentirte]
mientras te pierdo en la eternidad
y a veces me ciño a la idea de ser el mismo que rompe las puertas abiertas
y a veces salto por encima de los absurdos,
rompo el tiempo y la circunstancia que vuelve opacos nuestros espejos, aspiro a no ser,
me revuelvo en el viento por esperar la compasión de Dios
en el lugar donde nació su hijo;
en el sacrificio recíproco de este dolor infligido a ambos
(pero que tan sólo yo siento)
cuando se rompe el mismo hilo del destino que corría bajo mis arterias
mis venas, mi cuerpo entero; nada hay, de nuevo, en la ausencia
en el ruido del vacío, en las calles llenas de gente donde todas las máscaras
se resisten a ser algo más que plástico y formas confusas
porque mis versos más tristes ya se escribieron
y ahora sólo queda el rumor de este adiós susurrado
de esta despedida entre recuerdos no tenidos que todo se dijeron
J'aiguisais lentement sur mon coeur le poignard
hasta encontrar el abismo, el olvido, allí donde je me suis baigné
dans le Poème de la Mer
en el abrazo de piedra de tus ojos de cristal.

viernes, 3 de septiembre de 2010

La imperfección automática

Atrapado conmigo mismo en los jardines delirantes de tu memoria

recreado secretamente por las palabras encontradas

y las aperturas de bocas en silencio que dicen cosas

desde tus ojos,

porque no hay eclipse que brille más que tus veladas

ausencias, que no dicen ni expresan más historia

que la escrita bajo las piedras del templo destruido

de nuestra complicada proyección cristalina

en rimas discordantes de tu ausencia, de tu larga y pretendida

descarga de ira sobre las tormentas de manos rotas

por tu ruido interior,

tanto que echaré de menos hasta el eco de tus silencios

tanto que recorreré hasta los caminos deshechos tras tus pies

todos aquellos que convertiste en soliloquios de crueldades

fusiladas tras los muros de tu deseo, aquellos que separaron

tu cuerpo del cielo y mi alma de la tierra

como muertos cuya vida jamás se produjo

ni de ti, ni de nada, ni aquello que quedó de nosotros

esperado, al otro lado de la lanza y del veneno

consumido por nuestros labios, no unidos, no hallados, no encontrados

porque en el mar de tus abrazos quedan, entregados,

los recuerdos de mis amores náufragos. Hacia el horror

de ser fantasma de ti en desiertos no claudicados,

hacia el eclipse solar en la primavera de tus sueños erradicados.

Con el alma entrelazada al final de la cabeza y perdida entre los señuelos

que dejan tus despedidas; no son más que sombras

que denuncian que tengo la sangre circulando por las concavidades del alma fragmentada como los cristales

de un espejo roto a golpes,

todo se queda en nada cuando huye de la sensatez hasta la tormenta

y se convierte en calma. A pesar de la ansiedad en la ausencia,

a pesar del desquiciante tormento de tu irremediable presencia

que torna igual en desidia que en flores

y en delirios de grandeza

a estos días tan miserables de los cuales nada nos queda

(y escucho temblar al león en su propio territorio,

siente el miedo, lo sé, de la soledad sobre el cerebro y el cuerpo

sobre el alma y el espejo, de romperlo, golpes y a golpes

se resquebraja, y se quiebran las manos, sus garras

los ojos le laten, el corazón mira a cualquier parte

la ceguera plateada del día

los cuernos del ciervo)

Nos vamos, más allá de la línea que nunca dibujamos

la que nunca atravesamos por el miedo que se parasen los relojes

tú en tu tiempo, yo en el mío

décadas de distancia reunidas en un mismo espacio

y las espinas de las manos arrastrando tu espalda hacia el silencio

como un hombre arrasado en su piel y sus dedos

que es inconsistente como el humo, como los labios, como el peso de la huida hacia dentro;

hacia ese lugar donde el encuentro llega un instante

justo antes del frío, del agua, del miedo, del sueño

mientras llega el silencio, el rumor, el olvido, el adiós.

viernes, 13 de agosto de 2010

Hubo un tiempo que…

Hubo un tiempo que partí para purgar mis pasiones

bajo la sombra de un sol interior que todo lo ahogaba

y de aquello no queda más que la repetición continua

del soldado que recuerda todas sus deserciones

en el remordimiento continuo de pensar que todas escapaban

y en el descubrimiento de hallar la respuesta

(imposible, al enigma jamás resuelto

me digo, jamás

me digo, para qué)

en el remedio de formarse estúpidos vuelos alrededor

de invisibles torres de metal y pájaros eléctricos

de enredaderas y todo eso; no había, sin embargo, piel

bajo tu velo]

ya que hubo un tiempo que amar no era destruir

ni tampoco el ridículo anhelo de transformarse

en el enemigo interno al que deberíamos resistir;

no, nada más lejano a eso; y, sin embargo, sigo bajo el efecto

de cualquier ojo, de cualquier motivo para desear el deseo

porque hubo un tiempo que la revolución tenía sentido

es más, hubo un tiempo que era el destino

de todo aquel que quisiera estar más allá de la sangre

y de la lanza, de los muros que marcaban la frontera

entre siempre o jamás, entre encontrarte

(o, mejor, en calma sobre el desierto que tu voz asfixiaba)

y dejar de buscarte; para qué, si en el camino hacia atrás

en los mares enormes como lagos en los que mi rostro no se refleja

ni forma hay de arrojarse y quemarse bajo el agua de los círculos azules

porque ahora es inviable caminar hacia tu cuerpo

no lo tienes, ya no es tuyo, será, como lo ha sido siempre

de la inexistencia de ningún vínculo, de ningún secreto;

porque hubo un tiempo que mi voz era tu sangre y tu alma mi palabra

y de eso no hace tanto,

(me hago viejo para el abismo, tal vez de tanto vivir una eternidad

en un segundo]

o quien sabe si de nosotros mismos)

hace tan sólo un soplo efímero en una tormenta extensa

hace lo que la flor en el desierto de tus primaveras

y lo que queda, después de haberse helado tus palabras

sin que las pronunciaras

sólo un cuerpo habitado en otro lugar, en otro tiempo

en aquel que hubo una vez en el que la piel que te tenía

era el cadáver de las emociones de hoy.

Por eso, como siempre, no eres tú quien se va

sino que, de nuevo, soy yo el que me voy.

jueves, 5 de agosto de 2010

A veces pasa que…

A veces pasa que todo lo que existe se marcha y se queda

a un tiempo]

que se nos escapa la sangre por el desagüe

como si lleváramos las venas en blanco y negro

y a veces pasa que la ausencia quema, te vuelve moribundo

de olvidos y recuerdos; nadando sobre el cristal

pereciendo de soliloquios enterrados bajo la arena

de pieles no tocadas, de ojos no atravesados

(voy a salir al otro lado del espejo,

pero sin luz, ni siquiera sobreviven los muertos)

porque a veces pasa que toda calma es un tormento eterno

cuando lo que se tiene es ausencia

y a veces desde el espacio desdibujado que queda en el pensamiento

de estar, preso y condenado, hacia el vacío del abismo inhóspito

en el que viven, y por eso es contradicción

los proverbios, y las palabras, y todo lo hecho de antemano, lo que me dice a mí mismo]

que me olvido, que me voy hacia donde miento

sobre lo que he estado haciendo, sin reconocer que he de pagar

(el precio necio de estar viviendo)

para seguir reteniendo mecánicamente este barco naufragado

hacen de mí ausencia todos los dones,

todo lo entregado al pasivo rumor del viento

silencioso, vigilante desde dentro;

Y a veces pasa que quiero vengarte del tiempo

 (por haberte robado tanto de mi lado)

e insiste, pérfido, en seguir sosteniendo tu presencia

aunque no te conozca, no seas más que sombra, rumor y aliento

(que ambos no queremos; o tal vez, es posible

que sí por el bien de lo que digo)

todo lo que queda es huir, escapar hacia el centro del huracán

cuya coherencia perdimos, jugando a ser como esos héroes

que por vivir en un espacio cuántico han muerto. Y eso que, dicen,

es tan simple que pase, que venga, que sea aunque fuese

y no haya nada]

aunque a veces pasa que llevas en los ojos las espaldas del cielo

y sobre ellos cargas la espada, la batalla, la derrota,

el campo donde, aunque vayamos a morir, allí te espero. Allí,

siempre allí, lejos, tan lejos, donde el sol sea un rumor efímero

y el atardecer una flor dibujada sobre el hielo. Y a veces, solamente

a veces pasa que el cuerpo se deshace del alma

y para ésta sólo quedan tormentas que no escampan

ni cenizas, ausencias, reliquias de vidas, nada. 

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