El Clan de las Tormentas

sábado, 16 de marzo de 2013

La derrota perpetua

Entre tus ojos la muerte tiene tantos días

como caminos hacia la agradable tragedia de aquellos lugares

en los que vamos a olvidar que algo somos

tan solo que hemos querido tener

al ahogarnos en los ojos tuyos en los que llovías

para ocultar  la esperanza de lo que podíamos ser

y de aquello que nada fue, sólo cabalgamos a lomos

de un jinete que saca a nuestros miedos de sus hogares

y los entierra, los deja dentro, muy dentro, tratando siempre

de ocultarlos; tus miedos, mis complejos

los enemigos de todo aquello que no es más que sueño

(susurro y silencio, y grito y destierro

de ti como un imposible dañado)

porque para ser humano todo el daño que ha sido un hecho

se sufre en cada desgarro; te tengo y te has ido,

te tienes a ti, y a nadie más, y siembras sombras

como quien recoge tempestades;

a pesar de que sólo quise la paz en esta inmensa guerra

que libro desde antes de que nacieras,

y, sin embargo, azules como tus ojos fueron el olvido

como los de Helena, también en su guerra,

azules como el infinito, como el solsticio de tu cuerpo en primavera

como la derrota perpetua

(tan, tan silenciosa que hiere más que aquellas

que propagan con ruido su perpetuidad)

Se acabaron la paz y las tardes de luz tenue,

se marchitaron las posibles madreselvas

(he visto morir todas las oscuras golondrinas, incluso)

y tan sólo quedo como el pintor que olvidó los colores

para retratar todas las luces del mundo

(ya no soy más que un justo recluso,

varado en la cárcel perpetua)

En tus manos la llave de una prisión oxidada,

y te alejas dejando tan sediento al prisionero

que voluntariamente dejó su alma entregada

a las cenizas de un amor postrero.

domingo, 30 de diciembre de 2012

El fin del mundo

Siempre te creíste como una princesa en China

tardaste nunca en reconocer que frente al espejo

tan sólo eres, en efecto, una simple mujer, y pública;

vulgares los caminos que llevan a tu boca

de la que no pronto encontré su doble fondo

uno guardado para el amor misófago

el otro para todas tus mentiras

lastre terrible el de tus promesas rotas bajo el velo de cinismo

que ponías ante tus ojos cada vez que mirabas tu reflejo

porque veladas eran también tus palabras

llenas siempre de todo aquello que compone lo mismo

que dices a cualquiera, ya sea esclavo, ya sea sierva,

porque a todos tratas como inferiores, tú, que aspirabas a reina.

Y, sin embargo, mírate, falsa princesa, engalanada de crueldad

para la que usas esos cuchillos rojos que guardas como labios

usados para cortar la raíz de todas tus promesas. No son ya,

más que flores rotas, papel oxidado de tu piel

simple muñeca de trapo con demasiados kilómetros

para tan poca carretera;

limpias las espadas  en la profundidad de tus cavernas

y ni aún así sabes que por muchos que sean los soldados

ninguno acabará luchando por tu guerra.

Tanta lástima das, antigua plebeya, que tus ojos ya no susurran

ahora tan sólo inspiran un futuro a gritos

escrito con la sangre de los cadáveres que dejas

y si por si no fuera poco toda tu vida convertida en mitos

todavía ahuecas tu rocoso corazón, artificial y huérfano de vida,

para albergar dentro de ti la verdad que ves y alejas

esconderla y torturarla, esperando que se convierta

en lo que esperas sentir, lo efímero, lo que se va,

lo que te dejará como a todas las princesas

herida de muerte en una revolución,

la rebelión que te dejará algún día tiritando,

muerta de miedo, reina de cualquier acera.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Per aspera

Tuerzo las esquinas para hacerle fácil a mi piel

deshacerse de sus ganas de tener heridas,

después de todo, me digo, no son más que cicatrices

de naufragios y de derivas

de perros, y perras, que corren

detrás de las luces de cualquier coche

aventurándose en mitad de la noche

sin pensar que las palabras que ya no dices

las ignora tu cuerpo, no tu alma, y ahí van quedando

y, a pesar de ello, olvidas, la hiel

que puede cubrir las miserias que ocultamos

detrás de velos y cortinas de risas y ausencias

de copas que recogen la sangre que nos derramaron

lo que explica tanto silencio en el amanecer de tus ojos

tanto abrazo crepuscular en la separación de los cuerpos

tantos dientes lloviendo en los susurros

de risas ahuecadas, de prisas por llegar cada día

del comienzo al final

(olvido, olvido, qué hiciste de mí)

en estos días en los que toda mentira es aceptada

en los que vas percibiendo que es mejor llegar solo

al final de la escapada.

El viento gira en el suelo,

sólo hay un montón de hojas espontáneas

plagadas de humedad, moho negro,

inconsistencia del alma;

se van. Todo se va. Ya no importa nada.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Demasiadas batallas perdidas

No es la guerra la que cambia, sino tú mismo

veterano en tantas batallas que ya no recuerdas

que ni tu cuerpo ni tu alma aguantan

las laceraciones que dejan cada una de las traiciones

que vas acumulando

¿cuándo llega el tiempo de que se retiren

los soldados que tanto han luchado?

¿cuándo es hora de partir de todos los muelles

en los que acumulas tantos barcos naufragados?

Cruel insomne mensajero el que te trajo

las palabras que contigo han acabado

aquellas que de las que siempre rehuiste

y que, al final, la razón te han dado;

no quisiste nunca saberlo,

ni darte cuenta que el tiempo no estaba

dispuesto a dar tregua ni a estar de vuestro lado

y aún así luchaste por lo que creíste

eh aquí la razón de tu derrota, iluso soldado,

porque creíste que sólo era una batalla más,

sólo una, un campo de exterminio para el dolor

y una angustia permanente que podría acabar,

y no fue eso, no, fue que perdiste en la única

guerra a la que fuiste, la única que quisiste ganar.

jueves, 18 de octubre de 2012

Flores de papel

Me alejaste de los instantes de la quimera

pensando que, acaso, nos hacías un favor

y no te das cuenta que ni para eso fuiste la primera

que huía al encontrarse con la memoria del dolor;

y aunque cada instante sin ti es un agujero sin abismo

de comer cristales mis labios se hartaron

por lo que ahora, que en otros brazos te entregas

demuestras que aquello que en ti era distinto

no es más que lo mismo,

que todos tus argumentos eran excusas para el olvido.

Y me enveneno con las palabras que te voy dando

porque no se puede estar más muerto

que al que han herido arrancándole el corazón con las manos

para entregárselo a los perros de la humillación

sintiendo más lástima por la ruina hacia la que caminas

que por el esplendor que dejas; y aún sabiendo

que tu alma nunca rectifica

que morirás de orgullo antes que ver que tu alma

se petrifica]

no es la soledad de las heridas que vas abriendo

ni la destrucción de toda vida a la que amas,

es la sombra en la que te conviertes,

un simple mar en calma,

tú que fuiste tempestad contra altas torres

y ahora te contentas con la vulgaridad que encarnas;

tú que mereciste ser de cualquiera la mejor canción,

ahora sólo tienes flores de papel,

las que merece tu corazón de cartón.

viernes, 28 de septiembre de 2012

El largo adiós

Sólo voy recogiendo del suelo las migas que van quedando,

 apenas pudiendo comer, vomitando de miedo y silencio

al sabernos tan sólo extraños en un futuro no muy lejano

(preguntándome si realmente te amé

o amé el vago espejismo de haber ido olvidando

que no queda nada de la gente que va y viene)

¿no ves ya cómo nos vamos diciendo lentamente adiós?

agitando las manos tan fuertemente que nos golpean

en la cara, en todas las pesadillas que soñé

en las que huías de mis abrazos, y ahora son para ti

prisiones, cárceles, condenas a este desastre anunciado

porque al mirarnos no vemos ya más que un espejo roto

golpeado al lanzarnos al abismo despreciado

del tiempo]

(al final nos pudo el tiempo, sí, nos venció

nos llevó a cada uno de nuestro lado)

espejos que atravesamos y ahora llenamos de sangre

y en cada fragmento una imagen de nosotros

devorados. Es tanta la distancia entre nuestros ojos

que ciegos caminamos,

y es tanto el dolor que nos provocamos,

que preferimos huirnos, dejarnos despojados;

aliento de besos congelados, reducidos a huesos y cenizas

quemados por un sol que nos dejó,

nos abandonó, despiadado,

y mientras ya vamos recogiendo lo que nos queda

sólo la herida no cicatriza. Tantas noches como ésta quise rendirme

y que tú vencieras a mis labios,

y en tu despedida sólo encuentro el desprecio,

de todo lo que de mí has olvidado.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Sed de naufragio

Fue tan grande el tiempo de nuestro amor, que tu adiós se me hace inmenso

decidido como estaba a pensar que merecía la pena luchar

por una eternidad que no existe

(no se puede prometer el futuro)

y aún así, quisimos durante algunos días que jamás nos pudiéramos alejar;

y, sin embargo, sigo pensando que no todo fue oscuro

que tuvimos algo cercano a la ilusión que ya no persiste

como barcos llenos de agujeros que navegan hasta que naufragan

esperando que eso pase lo más tarde posible.

Nunca se sabe cuáles van a ser las últimas palabras

(tan destrozado, tan herido, con el corazón hecho jirones de viento

vacío ya de amar a la desolación

de oír el abandono consagrado a la acción

de marcharse, de rendirse en una vorágine de medias verdades)

porque tantos puñales han herido hasta mi mirada

a mí, que te entregué mi alma

a mí, que tantas veces  te entregué hasta las llaves

de las cárceles de mis pesadillas.

Y, sin embargo, te marchas

en el caballo desbocado que nunca quisimos

por aquellos campos fértiles que te quedan por delante

mientras yo me pudro en el desierto donde siempre estuve perdido

para volver a encontrar que ni un te quiero

vale ya más que un lo siento;

de todos aquellos muros que quise haber construido

para guardar las espinas de tus labios

ya sólo quedan ruinas sin sentido,

y ahora me quedo aquí sintiendo que estoy más cerca del infierno

que de aquel mentiroso cielo

que de aquel sitio donde danzábamos a besos

sin saber que, mientras tanto,

en cuchillas se convertían tus dedos.

Mi error, mi tímido error, pensar como bicéfalos

que caminan de la mano hacia arriba, hacia la salida del abismo

para, a final, ver como te escapas fuera

y yo me dejo huir sabiendo que ya no valgo ni un adiós

que ya no merezco ni el recuerdo.

martes, 21 de agosto de 2012

La ruina inevitable

Me refugio en escudos hechos

con los huesos de los cadáveres de aquellos primeros hombres

a los que conocí cuando navegué sorteando el desconsuelo

porque ya no cabe esperar que nos entreguemos

el uno al otro en sacrificio; ya no, sólo nos queda un millar de sueños

tan rotos como cuerpos contra acantilados empujados por olas

(naufragios provocados; náufrago a veces sin quererlo)

y el grito ahogado que no se escucha,

estás lejos, tan, tan lejos

que a veces echo de menos hasta el aire que dejaba tu recuerdo

lo que me hace mirar mis cadenas y preguntarme

en qué momento dejé de internarme en los espejos

por qué reduje la necesidad de amar a lo que ya había sido

¿tal vez porque ya no es?

Nunca seremos como esas hojas que juntas florecen

sino que habitaremos en este invierno que se aproxima

como pálidos cadáveres de un árbol que nos expulsa

a un marchito baile de antiguos amantes que fenecen

mientras ardemos, retratados en el hielo, y como excusa

diremos que era el Destino, no diremos que no supimos hacerlo;

sin distancia para escapar, en la huida perpetua

de nuestras manos que se alejan mientras se buscan nuestros ojos

aquellos con los que ya no quiero verte ni al dormir

(porque sé lo que entierran tus sueños)

en mañanas sin fin que anuncian la separación de cuerpos

que fueron uno, en algún momento

para quedar ahogados en lagunas frías, cielos rojos

y el humo de los recuerdos. Volverán los altos muros

que permitían hacer del silencio el dueño

y aquella anhedonia, aquella pasión glaciar, ya nada será

cuando todo se acabe toda presencia

cuando en el imperio de nuestros deseos

apenas reine la distancia, el adiós, el olvido, la ausencia.

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