lunes 12 de marzo de 2012

El rumor del miedo

Por amarte habría encerrado todos los versos del mundo

en un saco hecho con mi propia piel

(envenenada por los celos del viento, del sol,

de los fuegos de otros cuerpos cercanos)

y del cristal del que están hechos las estrellas

habría arañado todos los rincones de mi alma,

sólo porque tú me lo pidieras

sólo con que tú lo quisieras

y no ahogarme en este bosque de sombras y sueños

desmenuzados entre mentiras construidas

desde la ignorancia;

tan sólo, si pudiera haber robado todas las palabras

que componen los odios, los amores, la existencia perpetua

del olvido, para que nadie más que yo y tan sólo yo

pudiera decirte que te amo en un susurro al oído. Sólo yo,

no los que vienen desde los lugares cercanos a tu espíritu

del lugar del que no queda nadie emerjo

para ser como una lanza repleta de sangre

(la que me atraviesa en tu lejanía

en cada día que tus ojos me destierran

y buscan el imperio de otros futuros recuerdos)

la simpleza de unos cuerpos que chocan unos con otros

de los que no nos quedan más que dolor,

cubiertos de espinas, renegados al temor, al pánico, al miedo

al horror, el mismo horror de siempre

que  negro lo envuelve todo

porque habría trepado hasta cada sol, hasta cada universo

para que no quedase más luz que la de tus ojos

y habría rescatado del fondo de nuestras risas

el mar en el que aprendimos a nadar  de espaldas al tiempo

y ahora ¿dónde los náufragos que somos? ¿dónde

las islas solitarias a las que íbamos a quedarnos?

¿para qué el orgullo si el Destino decide

no nosotros mismos?

¿qué habrá de quedar después de haberlo

saqueado todo en la creación para ti?

Nada. Tan sólo rumor, dolor, olvido.

martes 21 de febrero de 2012

Imperio absenti chaos regit

Miedo, a que todo lo escrito lo borre el agua
a que las palabras que nos dijimos no sepan a nada,
miedo a que te pierdas en el camino del encuentro
a que de tus labios ya no salgan más que los huesos
de los cadáveres de nuestros abrazos;
miedo, a dejar atrás nuestros futuros, hechos trizas
por la desilusión de los días, de las mismas caras,
los mismos gestos, las mismas excusas. Miedo,
          (simple y llanamente)
a que el pánico ocupe todas las horas,
          a no saber cuándo partirás
dejando aquí, en estos muelles donde han naufragado
ya tantos barcos,
     tan sólo arenas de olvido, y nos alejemos
                              como extraños];
miedo a que mates todas las esperanzas
de paz para quien ha sido herido en demasiadas
     batallas;
las mismas, lo sé, en las que yo mismo maté
y ahora todo parece vuelto del revés
     (mañanas sin fin, atardeciéndonos
en un crepúsculo para el fin del mundo)
dos extraños más, sólo eso, el miedo
a ser la ausencia de ti, el espanto
y el horror de no tener de tu presencia más que el dolor,
miedo a sentir que mientras nos abrazamos
no hacemos sino decirnos adiós.

viernes 17 de febrero de 2012

Batallas muertas

Despide la noche en que estoy la certeza

            de que te habrás de ir, dejando la batalla

a la que nos enfrentamos con un río de cadáveres

            (todos tienen nuestros rostros)

a pesar de haber pretendido ser en la eternidad

naufragio de sombras y murmullo de luces

a pesar de todos los intentos por no convertir

                        en cataratas]

cada lágrima que derramamos, como veneno y adiós

como los besos que enterramos;

            todo comenzó en un dolor intenso,

en un abrazo al sol que nos quemaba por dentro

            todo comenzó en un ardid del destino

contra el que jugamos riéndonos del tiempo;

            todo en ti fue, desde el principio, verbo y carne

palabra y soliloquio de abrazos partidos por el miedo

y pronto, demasiado tal vez, supimos que todo cielo

                                   se enfrenta a su infierno. Nunca

pudimos ganar la batalla a los años, sí lo hicimos al espacio

            (no fue suficiente, me digo ahora,

                        entonces era lo que más preocupaba,

            la ironía hizo que eso fuera el veneno que nos mataba)

y tras tanta armadura destrozada, tras tantos escudos y lanzas

al fin fue desnudez, de alma y cuerpos,

de muros y torres a las que subimos para deshacernos del pasado

            (ése que ahora parece también eterno

                        y nos hace efímeros a ambos). Encontré

en tus ojos el océano más inmenso y quise navegar en él

incluso aturdido por el desierto de la piel que abrazaba

no supe ver que borrábamos así el camino que abrimos;

            ahora que tengo todos los sueños destrozados

sembrados de dudas los recuerdos

ahora que voluntariamente te has recluido entre los pañuelos

                                               blancos]

            para hacer de mí la culpa y el orgulloso pecado

la sangre que todo lo vuelve tiniebla, el miedo

a volverme un simple cúmulo de hormigas que devoran

            el tiempo. Todo, en este punto, se ha ido,

todo, en este momento, empieza a estar acabado

            dónde quedaron las alas torpes de tus labios

que hacían volar a mis manos,

            dónde se marchitaron las luces de mis ojos

que quemaban los hielos de los miedos quebrados

            a qué dudoso lugar corresponde este abandono

de mi destino de tinieblas. Ya sólo me queda cuerpo

                        (mi alma se ha mutilado)

vaciado como el espíritu de un naufragio

lleno de lágrimas plastificadas recibidas desde disculpas

            lanzadas como cuchillas de afeitar contra el cuello,

perdido ya en la rutina de tener vivo sólo los sentidos

            y estar muerto de expresiones, emociones,

ganas de recibir cada día el abrazo de tu prometida ausencia

y preguntándole a cada gota de lluvia, a cada rumor del aire

a cada animal, a cada cielo, a cada persona, a cada dolor,

a cada objeto inerte, a cada silenciosa huida de tu pasado

a todo pregunto por qué,

            y sólo encuentro sombras de angustiosa

                        duda,

sólo la certeza de que te has ido

            (todas las batallas por las que luchamos

                        yo las he perdido)

sólo la única verdad de la derrota, de querer

            morir en todos tus olvidos

de no desear ni el deseo, de no querer vivir

            para no estar atrapado en la prisión de tu recuerdo.

jueves 8 de diciembre de 2011

Sueños exiliados

Deshaciendo las horas perdidas que marcan los relojes

a los que he descuartizado con los dientes

para no ser heridos por la evidencia del tiempo que pasa

en un mundo donde no podemos viajar en tranvías

a los que llamar deseo

donde tengo zapatos de plomo porque nunca aprendí

a vivir en la superficie de tu cuerpo

visionando los días en los que dejaba tras de mí la huida

sin decir adiós. De aquellas apariencias tranquilas

de batallas no libradas

por nosotros, los que habitamos en la casa muerta

esperando que el viento del norte se lleve las hojas muertas

que hemos marchitado

(mais la vie sépare ceux qui s'aiment…)

iluminando la tempestad que nos asola

en nuestra carne de cemento, de metacrilato, lisa, lejana

fría y casi tan obscena como una noche en mitad del recuerdo

ya no voy donde existe la posibilidad del encuentro

(porque es un viaje infinito, a destiempo, allí donde

es necesario primero sellar el olvido]

en pasaportes de cadáveres desguarecidos; no fuimos más que eso

en momentos en los que la vida era más bella

y el sol plus brûlant qu'aujourd'hui. Las pisadas de aquellos pies

ajenos sobre el techo descuidado, el olor a unión

antes de que todo fuera lejos, distancia y muros de vacío,

de ignorar hasta las palabras que anhelamos escuchar),

alejándonos de este cuento sobre el fin del mundo

en donde prolongamos una vida que ya no existe

porque cuando se carece de presente, el pasado es exilio

y el futuro la única huida.

jueves 24 de noviembre de 2011

Black Thursday

Hoy me acuerdo de ti como una exhalación en el aire

evanescente  como el polvo que hace más dolorosa la herida

de un tiempo que no nos da ni tregua, ni consuelo

de lo que fue a esta parte aquello que tuvimos entrelazados

en arenas de desiertos corporales, las pieles quemadas

por tantas, tantas deslealtades

(y ahora, fíjate, yo soy lo que tú eras

y sufriré, lo sé, la amarga dulzura de tu condena

no quise, sin embargo, ser lo que digeriste en el odio

sino haberme pertrechado tras abismos de soledades

en los que vivíamos a pesar de tanta inopia vital);

fue tanto el delirio del viaje que emprendimos al alejarnos juntos

de los nudos que nos ataban en nuestras manos

no entre nosotros, sino a nosotros mismos,

con los ojos pegados al suelo de barcos naufragados

hasta romper los muros del deseo ajeno

muros en los que habíamos dibujado los mapas para encontrarnos

entre silencios de cartón donde gritábamos para otorgarnos

la razón de nuestra despedida

(y ahora, mírame en tu ceguera, soy lo que tú eras

y palidece mi sombrío hastío ante lo que sé que vendrá

porque no entiende el mar de arena más que en la orilla

donde finaliza el mismo instante de ser de una ola)

cada error que marcamos en ese tiempo que nos hería en los dedos

¿qué fuimos para no ser nada? ¿qué dejamos

en todos aquellos días en los que pensábamos

sólo en lo que seríamos mañana?

¿era, tal vez, la decepción continua que da el vivir sabiendo

que todo tiene un fin?

(y ahora, que sólo eres inexistencia y vacío,

entiendo todo aquello por lo que desesperas

porque entre lo que callo y lo que no digo

voy comprendiendo cómo encender el cigarro

dentro del vaso de whisky, dentro del horror

de entender que ahora soy, lo que tú eras).

martes 15 de noviembre de 2011

La espiral perpetua

Es tiempo de adiós cuando el olvido es silencio

cuando no queda alma de los cuerpos que un día fueron

como sombras unidas por un único sol. Ahora todo es sombra,

pastos de ceniza seca que en extrañas hogueras frías

hemos ardido; sin el ardid de mostrarnos

como éramos.  Un escarmiento desvalido y cadaverizado

por la palabra errante que te busca y no te encuentra

en los momentos ausentes de nuestros cuerpos

(no fuimos más que otra forma de ser un secuestro a otro tiempo)

y ahora, pulsando las preocupaciones de la frustración

nos encontramos labio a labio oxidado

en la renovada y alegre desesperación

de habernos removido de nuestras manos;

tan sólo el abismo, tan solos los dos

ojos que miran hacia dentro.

No hay nada]

terribles motivos para el descontento,

cuando se busca entre palabras la carroña que nos alimenta

por dentro. La duda no resuelta de si los días pasados

existieron o fueron sólo espejismos, aire muerto

entre los dedos]

olas que intentan inundar desiertos,  humo denso,

culpable de la sangre que brota del suelo de este arrepentimiento

en la fragua herida donde forjamos aquellas armas

las mismas que usamos para mutilar nuestros abrazos

en las vueltas que dimos a este mundo que creímos nuestro

y ya, ahora, ya vemos, que arrojado está lejos,

porque nosotros ya no somos los que éramos, sólo despojos

de sombras, de mentiras, de realidades al descubierto,

caiga sobre mí tu espada sin filo ¡quiero ya desesperar y morir!

en esta larga noche que no conocerá mañana

en esta oscuridad que sobreviene a la batalla

derrotado ya sin alma ni resuello, sin esperanza

ni deseo]

caiga sobre mí tu espada sin filo y me convierta, herido

sobre tu pecho, en plomo, en herrumbre,

en lanza, en mortal, deshaga de mí este deseo de sombra

y encuentre el camino donde todos los que han acudido

ya han muerto;

caiga sobre mí tu espada sin filo, quiero ya marchar

al lugar del que fui, al lugar del que nunca he vuelto.

jueves 3 de noviembre de 2011

El fin del mundo

 

Vivimos olvidados en esta conjura de idiotas

en calles que ya recorrimos para llegar aquí

y otra vez nombrando demonios que resucitan

con las manos, con la libertad de los vasos llenos de alcohol

y colillas, y humo, el sudor de los cuerpos fríos

que ya no se encuentran

(llévame alma fuera de este cuerpo inútil)

porque olvidé la premonición que me hice al entregarme

en sacrificio (nada cambia, todo sigue igual

que ayer, que entonces

en estos cambios degenerados en sombras

plenilunios de la inconsciencia

en la soledad a la que quedamos atados de por vida

sin rumbo de perdición, porque no queda gloria;

y andamos preocupados, ya lo creo, por las lágrimas silenciadas

por la incertidumbre de la ausencia)

derrumbando los caminos que construimos para encontrarnos

y dejando, tan sólo, escombros de tinieblas

en las que se retuercen los hijos imposibles de tener

aquellos que se pensaron, que se dijeron, que se olvidaron

en todo el tiempo del futuro pasado. Es adiós

prendido entre los labios que fueron cuchillos en cada beso

y de los que apenas quedan hojas marchitas

que piden lujo, calma, nada más, sonrisas artificiales

hasta que, al fin, plastificamos nuestras horas

todas las que nos hieren, aquella que nos mata

finalizando en este preciso instante lo que ya es final

o es preludio de la lanza, el veneno, el cuerpo moribundo

de todos los que por ti combatieron, todos caben

en mis manos, todos por ti han luchado

(y, sin embargo, son nuestros actos los que se derrumban

y, sin poder demostrarlo, es la tumba de nuestros espantos);

esperando tan sólo el silencio de los campos

en los que fui herido, estos campos de ruinas que fueron

en otro tiempo, espacio para un sueño amargo.

domingo 2 de octubre de 2011

Las costas de la utopía

A veces llega el fin de las cosas

y no somos más que átomos disecados

rondas nocturnas de sangre de otros,

naturaleza prendida del desastre de lo trágico

malgastando horas de decadencia

en anunciar la vejez de nuestros propios deseos

(¿para qué si es inevitable?)

en atender la alegoría inefable;

encerrado tras los muros de la realidad

alumbro el deseo en este castillo

de sombras]

con sueños heridos en lanzas rojas

afiladas uñas del destino

porque aprendimos a mentir en los aullidos

y encontrar la verdad escondida entre cada engaño

(que nos hacemos a nosotros mismos)

entre cada disolución natural de la vida, descompuesta

de rumores de silencio, de murmullos en las calles

que, vacías, destruyen lo que creemos inmenso. Naufragamos

en costas de utopía, creyendo que le ganaríamos

la batalla al reloj, que vivir mismo es una huida

pero, en realidad, huíamos de lo que éramos, de lo que seríamos,

y ya no queda casi nada ante lo que rendir cuentas

porque se es raíz arrancada del árbol que pretende seguir creciendo

porque se es tormenta en mitad de un desierto

porque se es lo encontrado cuando nunca se hubo perdido

y es tan largo el grito de los tiempos futuros

que en sus pálidas llanuras sin horizonte dormimos

esperando que el destino nos haga caer, rendido

ante el altar, pensando en los silencios

tendiendo puentes hacia babilonias de sentimientos

(prostituidos en el amargo cabecear)

nos varamos en las playas de nuestros cuerpos

y eso fue todo;

sólo eso.

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